miércoles, 14 de enero de 2015

Dolor y calor

Me asignan un enfermo en el Box de Urgencias de mi hospital. Acabó siendo mi amigo y viniendo a mi boda. Pero ese día sus llagas infectadas se olían en toda la planta baja de uno de los hospitales más grandes de Barcelona. Tardó tanto en pedir ayuda porque no quiso dejar a su mujer, con demencia, hasta que falleció... 15 años después, los médicos del hospital aun repiten cómo lo diagnostiqué. Le saludé afectuosamente, le exploré... y sin que se diera cuenta le clavé directamente una gruesa aguja en las llagas. Él siguió hablando tiernamente de cuánto quería a su mujer. La aguja clavada hasta el fondo. Él ni se enteró.
Le curamos la lepra, y pasamos muchas noches tomando café en una máquina del Hospital.
La culpa de la lepra la tiene un bicho que curiosamente destruye la sensibilidad de nuestra piel para con la temperatura y el dolor. Es decir: sigues notando presión cuando te aprietan y también te ayuda al caminar; sigues notando el tacto (mi amigo podía acariciar a su esposa y notar que ella le acariciaba). Pero no notas el calor ni el dolor. Puedes meter el pie en un cubo de agua hirviendo (como San Damián de Molokai), quemarte y no notar ni calor ni dolor. Puedes clavarle la aguja a mi amigo (curiosamente se llamaba Trinidad) y no se entera.

Hoy hemos leído que Jesús cura a un leproso. El leproso, a partir de ese día, notaba el dolor y notaba calor.
"Amad hasta que os duela", repetía Teresa de Calcuta. Si veo a un pobre, me debe doler. Si paso ante un sagrario, no puedo pasar por delante como si fuera una farola. Me debe doler, me debe quemar. Jesús, cúrame la lepra de mi corazón, que no quiere dolor ni calor. Quiero arder, quiero sentir dolor por Tí, por mi familia, por mis vecinos... hasta por los yihadistas...